domingo, 31 de agosto de 2014

Por la sonrisa de mi viejo

A veces son inenarrables las cosas que uno puede llegar a pronunciar y desear enajenado por esa pasión antiquísima que hoy llamamos fútbol. En mi caso siempre digo lo mismo: "Cortale las piernas". Y cuando ese instinto asesino, bárbaro - que sale de mi boca al ver que el oponente se aproxima al arco-, llega a mis oídos, en ese preciso momento aclaro, para mis adentros (como para evitar un castigo divino en caso de que exista eso que así llaman): "no literalmente". 
Pero hoy no me importó el castigo celestial, la pierna del rival ni mi salvajismo a flor de piel. Hoy más que nunca necesitaba, quería, anhelaba que le corten la pierna a quien sea en esos últimos cuatro minutos adicionales, lo que fuera por una sonrisa, la sonrisa de mi viejo, esa que sólo Independiente logra robarle. Y no es una sonrisa de triunfo ni exitista, es una sonrisa de orgullo, de locura, de emoción desbordante, tal vez la misma que él vio en el rostro de su padre, de mi abuelo, ese que no conocí pero de quien tengo su sangre y su recuerdo en mis entrañas, cuando el Rojo ponía el alma en la cancha para dar vuelta un partido, el partido, una vez más.


viernes, 29 de agosto de 2014

Mar amante

El mar me purifica, me abraza, me envuelve. De pronto, mi cuerpo yace boca abajo y de espalda al cielo en el agua y siento como la respiración se convierte en mi única preocupación. Entonces escucho mi corazón, más vivo que nunca, que se desacelera armónicamente. Tengo el control total de mi cuerpo. Sin abrir los ojos, siento como el agua aterciopelada se cuela por mis dedos y fluye entre mis piernas y cada uno de mis órganos cobra su justa dimensión. Lo siento y me hago consciente de cada centímetro de mí mientras extiendo esa dulce agonía que me hace perder el poder. Entonces levanto la cabeza desesperada por una bocanada de aire que oxigene hasta la última célula de mi ser. Mi cara siente el viento que sopla de norte a sur, mis terminaciones nerviosas se excitan y sonrío presa de un éxtasis infinito.

FOTO: LEONARDO HERRÁN

lunes, 16 de junio de 2014

Catarata de pavadas - licencia mundialista

Tuve una pesadilla y hace dos horas que estoy dando vueltas en la cama sin poder dormir. Entonces mil pavadas se enroscan en mi cabeza y se pelean como titanes del Olimpo para ver cuál es la gran ganadora. Y pienso que mi suegra tiene razón, que es verdad que las pesadillas son "porque la noche anterior comés mucho". Aproveché el Día del Padre y la excusa de los nervios por el Partido y el permitido del fin de semana se extendió a lo salado, lo dulce, lo agridulce, lo agrio y cualquier tipo de sabor que mis papilas gustativas tuvieran la capacidad de detectar. Entonces recuerdo el origen de mi nueva superstición: tuve una pesadilla. Inmediatamente, me cuelgo en la Selección y en cómo nos silbaron los brasileños y pienso en la falta de amor que hay en este mundo, en lo maleducado que sería que invitara a alguien a mi casa a tomar unos mates y empezara a silbarlo, a silbarlo con todas las fuerzas de mi corazón. Y creo también que el polisíndeton a veces es inevitable. Entonces llego a la conclusión de que entre tanto silbido, hay una necesidad, una necesidad inconsciente. Y en ese momento, en ese preciso instante, se devela el gran misterio. ¡Por eso le pusieron Brazuca a la pelota! Nos provocan, es una gran ironía a nuestro mote despectivo, porque es cierto que para eso tenemos mucha creatividad, mucha más que ellos que todavía están pensando cuándo tendrán la posibilidad de reivindicarse con otra Apertura del Mundial (y me encanta tocar de oído, porque yo ni la vi). Y nos provocan porque nosotros tampoco los respetamos a ellos ni a nadie, porque somos soberbios y a veces queremos mal a nuestra propia bandera y hasta punteamos en el primero partido del Mundial, el primero, que es como juzgar la fogosidad de un hombre en el primer encuentro sexual. Entonces pienso que José Hernández fue un adelantado, que fue mejor que Julio Verne, que fue como el oráculo para Edipo, cuando puso en boca de Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos/ porque ésa es la ley primera;/ tengan unión verdadera/ en cualquier tiempo que sea,/ porque si entre ellos pelean,/ los devoran los de afuera", porque justo cuando escribió eso, y después de dos horas de insomnio estoy más que convencida de que fue así, estaba pensando en Argentina, Brasil, los extraterrestres y el Apocalipsis. "Uh, ¿cómo llegué a esta conclusión?", pienso. Y es en ese mismo segundo cuando recuerdo el origen de este delirio, de mi nueva superstición y la coherencia que tiene que en pleno siglo XXI muchos sigan adorando que nuestro héroe épico sea un tipo borracho, violento, que abandona a la familia y no busca a los hijos. El mundo se cae a pedazos, falta tanto amor. Entonces pienso que la pesadilla quizás no fue tal.